miércoles, 20 de abril de 2016

Supervivientes de la enfermedad mental y la psiquiatría

Supervivientes de la enfermedad mental y la psiquiatría

Supervivientes de la salud mental y la psiquiatría
Foto extraída de nomásdiabetes.org

Conocí a Ismael en la Unidad de Rehabilitación Psiquiátrica Toki Eroso, en Donostia, mi ciudad. Nunca sabré por qué él jamás perdía la sonrisa, aunque su rigidez de movimientos (como un robot) evidenciaba que estaba sometido a un duro tratamiento. Me contaba que, el año anterior (2003), había sido ingresado 11 veces.
Yo también estaba sometido a un tratamiento bestial. 6 miligramos al día de Risperdal (nombre comercial; el genérico es Risperidona), el antipsicótico más primitivo que todavía se usa en psiquiatría hoy en día y derivado directo del Aloperidol.
El Risperdal barre el neuro-transmisor dopamina de tu cerebro. Se acompaña de Akineton, un anti-parkinsoniano, porque los enfermos de Parkinson sufren la muerte de las neuronas que producen dopamina. La dopamina es fundamental para el sistema psicomotriz (de ahí mi rigidez, lentitud y torpeza de entonces), el de alerta (su falta produce somnolencia, pérdida de reflejos y de atención, etc.; el café y las anfetaminas serían dopaminérgicos), la motivación, el valor, la confianza en uno mismo, y el sistema de recompensa (placer): por ejemplo, cuando escuchas música que te gusta, tu cerebro produce un chute de dopamina. Este neuro-transmisor también se dispara en el enamoramiento, y, si os puedo confesar algo, antes de perder la cabeza de verdad, yo ya la había perdido por una chica, el año anterior.
Pero estamos en 2004. Yo, zombie, abatido, rallado, embotado, triste, e Ismael, siempre contento, extrañamente (pero hasta su sonrisa era rígida).
Un día, estaba yo esperando al autobús en la parada para volver a casa y le vi venir. Ismael me preguntó, con su gran sonrisa, que contrastaba tanto con mi rostro inexpresivo y mustio:
--¿Qué, cómo lo llevas?
-- No imaginaba que mi vida iba a terminar así--contesté, convencido.
-- ¡No digas eso, que tienes toda la vida por delante!--, me dijo él, con su gran sonrisa. Pero yo era incapaz de comprenderle.
Al poco de eso, otro día de aquellos tan negros, de ese invierno tan largo y tan duro de 2004, mi padre me vio venir por la calle tan zombie, grogui, despistado, que yo no lo vi a él. "¡Has cruzado sin mirar!", me advirtió. Me daba igual, como todo. "Te voy a cambiar de médico", me anunció entonces. La luz se asomaba tenue al final del túnel, pero tampoco me di cuenta entonces.
El nuevo doctor me cambió el tratamiento, a otro menos dañino y más moderno, y poco a poco comencé a remontar.
(seguir leyendo debajo de la foto)
Supervivientes de la salud mental y la psiquiatría
Con el tiempo, me matricularía en las dos asignaturas de Derecho que me faltaban para licenciarme en Periodismo. En una saqué notable y, en la otra, sobresaliente.
Más adelante, cursé y superé el Máster de Periodismo Multimedia de EL CORREO y la Universidad del País Vasco, y empecé a trabajar en EL DIARIO VASCO, hasta que un nuevo brote psicótico, el segundo de mi vida, truncó mi incipiente y prometedora carrera en ese medio.

En cuanto al sonriente Ismael, murió de sobredosis, no se sabe si voluntaria o accidental, en unas escaleras de la periferia en 2005.


Dedicado a todos los supervivientes de la enfermedad mental y del sistema de salud mental, así como a los que se quedaron en el camino, en especial a Ismael y a Mei-Lan Wang.

1 comentario:

miguel angel oribe dijo...

La puta dopamina también es clave en las distrofias musculares como la que yo padezco, un abrazo Unai.